Las puertas se abren y yo me paralizo. Jamás cruzo los umbrales que se manifiestan sin permiso de mi voluntad.
En cambio, aquellas que se quedan entreabiertas por accidente, las que delatan mi voyeurismo y me dejan ver manos, labios, miradas, pero no una silueta clara que me invite a pasar, son las que más me provocan.
Tarde o temprano esa puerta se cerrará estando yo fuera de la cálida habitación. O tal vez me de en la nariz antes de empujarla para pasar.
Este juego excitante de las puertas equivocadas me mantiene con la piel erizada. Esa adrenalina del ensayo y error sin nunca llegar a confirmar ninguna teoría y mucho menos declarar ninguna ley.
Eso…me tiene aquí.